
12.º Domingo del Tiempo Ordinario
by Obispo Myron J. Cotta | 06/21/2026 | From the ClergyQueridos hermanos y hermanas en Cristo,
Cada domingo y solemnidad, después escuchar la Palabra de Dios, nos ponemos de pie y profesamos juntos nuestra fe: Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso... Creo en un solo Señor Jesucristo, el Hijo Unigénito de Dios... Creo en el Espíritu Santo, el Señor, el dador de vida.
Estas no son simplemente palabras que memorizamos. Son el corazón de nuestra identidad cristiana. Somos un pueblo bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Comenzamos cada Misa en nombre de la Trinidad. Terminamos cada misa con la bendición de la Trinidad. Iniciamos nuestras oraciones con la Señal de la Cruz invocando a la Santísima Trinidad.
En cada sacramento, Dios se nos revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo. El Espíritu Santo siempre nos guía hacia Jesús, y Jesús siempre nos lleva al Padre. Recientemente, escuchamos en el Libro del Éxodo como Moisés se encuentra con el Dios vivo en la montaña.
El Señor se revela como "un Dios compasivo y misericordioso, lento para la ira y rico en bondad y fidelidad." Moisés se inclina en adoración porque reconoce que Dios no está distante, sino que es amoroso y fiel. La Trinidad no es un enigma que resolver, sino un misterio de amor divino al que estamos invitados. Y es Jesús quien nos da quizás el resumen más hermoso del amor de Dios:
"Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo." El Padre envía al Hijo para nuestra salvación, y el Espíritu Santo llena nuestros corazones con ese amor salvador.
La Trinidad es una comunión de amor perfecto que desborda en el mundo. Recordamos, de una manera especial, que el Espíritu Santo es el Señor, el dador de vida. El Espíritu fortalece a la Iglesia, inspira la fe, renueva los corazones y reúne a personas de todas las lenguas y naciones en una sola familia de Dios.
El Espíritu Santo nos conduce más profundamente al misterio de la Trinidad y nos da la fuerza para vivir como discípulos de Cristo. En misa, encontramos la presencia de la Santísima Trinidad de manera más profunda en la Eucaristía.
Aquí, el Padre alimenta a sus hijos con el Cuerpo y la Sangre de Su Hijo por el poder del Espíritu Santo. El cielo toca la tierra en el altar. La Trinidad no está lejos; Dios se acerca a nosotros. Asimismo, nuestra Santísima Virgen María está íntimamente unida al misterio de la Trinidad y al plan de salvación de Dios. El Padre la eligió como la madre de su Hijo. El Espíritu Santo descendió sobre ella. Por su "sí", Jesús entró en el mundo. María siempre nos conduce más cerca de su Hijo y más profundamente a la vida de la Trinidad.
Así, nosotros como Iglesia, proclamamos: "Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; al Dios que es, que fue y que está por venir"
Que la Santísima Trinidad habite en nosotros. Y que cada Señal de la Cruz que hagamos nos recuerde que pertenecemos al Dios vivo: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Amén.
En la paz de Cristo,
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